Cuando salgo unos días y vuelvo al Madrid infernal de julio y agosto, no puedo evitar añorar las vacaciones escolares en el pueblo del 20 de junio al 10 de septiembre. Antes de que alguien me diga «eso tú que tienes pueblo», lo admito: soy de Valladolid, así que POR SUPUESTO que tengo pueblo. Y allí quien no tiene pueblo, tiene pinar.
Después de este ligero desvío en mi argumento, vuelvo a centrarme en la historia que venía a contar: mis primeros veranos como adulta, también conocidos como veranos de prácticas. En mi pueblo. Y, suerte enorme la mía, en el periódico en el que siempre había querido trabajar, El Norte de Castilla. Para quien no se sepa la historia, por ahí pasaron bichos del calibre de Miguel Delibes, Paco Umbral o José Jiménez Lozano. Por ejemplo.
La cosa es que, sin larguísimas vacaciones ni pueblo en Madrid en el que refrigerarme, me ha dado por pensar en aquellos años en los que tanto aprendí, tanta vergüenza me quité y tantos recuerdos maravillosos creé. (Espero que mis becarias recuerden con el mismo cariño el tiempo en el que trabajamos juntas) Y también he recordado la hemeroteca que recopilé y cómo a veces vuelvo a ella y veo la redacción algo infantil y un poco verde. Qué vergüenza.
Pero de pronto he pensado, ¿vergüenza de qué? Qué orgullo enorme que mi nombre haya firmado páginas en un periódico que es un grande de la historia de la prensa en España. De la prensa de verdad, de la que consideraba un sacrilegio mezclar información con opinión o titular con una palabra que pudiera dar a entender cosas que no eran. Así que aquí está la prueba de mis años jóvenes, de mis primeras entrevistas, de mis primeras meteduras de pata, de alguna falta de ortografía que se coló. Pero también son el recuerdo de un redactor jefe que confió en mí para escribir titulares de portada a cuatro y cinco columnas, que me decía muy orgulloso que me había enseñado a titular y que, cuando terminé mi segundo y último verano, me llevó a un lado a decirme que, si dependiera de él y de nadie más, yo no salía de esa redacción ya. Ni a volver a terminar la carrera.
Esa es una pedazo de medalla que llevo muy orgullosa. Y sigue siendo la que con más cariño recuerdo.
Verano, qué cosas.

